sábado, 8 de febrero de 2014

“Si no ganasen dinero no estarían ahí”.



Nos llevan al huerto, otra vez.
El año pasado, los vigilantes aceptamos la rebaja de nuestro salario bajo la premisa de que corrían tiempos difíciles y todos debíamos hacer sacrificios. Confiamos (¡¡ilusos!!), que en 2014 volverían a retribuirnos con una subida justa que paliase la pérdida progresiva de poder adquisitivo que hemos venido padeciendo, incluso durante los años de vacas gordas.
Ahora, despertamos de aquella ilusión y lo hacemos en medio de una situación curiosa: mientras el gobierno se afana en extender las bondades de la recuperación económica diciendo que ya estamos repuntando, nuestros patronos hacen el recorrido inverso (no sea que se acabe la crisis y se les escape la excusa perfecta) y mandan a sus tiburones a las mesas de negociación para decirnos que de lo tratado no hay nada, y que nos preparemos, que se descuelgan de lo pactado y que incluso van a despedirnos a millares si no firmamos que las cosas se queden así hasta dentro de cuatro años.
Lógicamente, los sindicatos no podían decir que sí a estos planteamientos, así que el pastel está servido: van a utilizar descuelgues, ERES y todo lo que la reforma laboral les permita para aumentar sus beneficios, a costa de nuestra sangre.

El crecimiento exagerado de antaño no era normal, pero existe margen.
Se quejan de que, por la crisis, en los últimos 5 años se ha reducido el número de contrataciones tanto de clientes privados como públicos y que los beneficios ya no crecen al ritmo de antes. Pero salvo alguna empresa muy pequeña, ninguna de las grandes se ha atrevido ha presentar un balance negativo. La realidad es que ahora siguen ganando, aunque sea menos.
Es cierto que atravesamos años de crecimiento exagerado (en 2005, justo antes del inicio de la crisis, Secúritas y Prosegur ganaron, respectivamente, un 80,7% y 17,3% más que en 2004), pero quizá convenga hacer hincapié en que esas tasas de crecimiento no eran normales y mucho menos pueden tomarse como el objetivo a seguir. Eran una excepción, y ninguna empresa puede aspirar a mantener un crecimiento así indefinidamente.
También argumentan que las últimas medidas del gobierno en el sentido de obligarles a cotizar por los pagos en especie aumentan los costes salariales a los que tienen que hacer frente hasta un 8%, y quieren que la diferencia salga, otra vez, del costado del sufrido vigilante.
Minimizan, porque les conviene, los efectos positivos que tendrá la implantación de la  nueva Ley de Seguridad Privada, que les abre nuevos campos de actividad hasta ahora ocupados por las FF y CC de Seguridad del Estado.

Según informaba el diario El País, la experiencia piloto de la vigilancia perimetral de centros penitenciarios arroja ya datos para el análisis en este sentido:

“Partiendo de los 7,39 millones de euros que abona el ministerio del Interior a las ocho empresas de seguridad por prestar el servicio durante nueve meses, un sindicato policial estima que con ese dinero las empresas pagan 1.350 euros al mes a cada uno de los 250 vigilantes, por lo que el margen para la empresa es de 1.850 euros al mes por trabajador”.


Por otra parte, según el propio gobierno, hay margen para el crecimiento de la actividad de la seguridad privada si se observan las ratios europeas de número de agentes por cada 100.000 habitantes.

Según esos datos, en España hay 528 policías por los 385 de media que hay en la UE, y 195 vigilantes de Seguridad por los 271 de media europea, así que, a poco que se converja con Europa (y parece que esa es la línea a seguir) las empresas poseen márgenes para el optimismo, quieran o no quieran reconocerlo públicamente.

Más responsabilidades, peores condiciones.

Sin embargo, para los vigilantes, el anuncio del nuevo marco legal que venía a estimular el crecimiento del sector y a intensificar nuestra complementariedad con la labor de la fuerza pública ha sido marcadamente ingrato.

Por una parte, desde algunos sectores de la opinión pública se ha cargado sin medida contra nosotros al hacer énfasis en la “nueva” facultad de poder realizar cacheos y detenciones en plena calle (en relación al objeto de nuestra protección), lo que ha sido considerado poco menos que un atrevimiento porque equivalía a algo así como poner un par de pistolas en las manos de un mono. Debe ser que en el imaginario colectivo pesa la triste imagen del vigilante como un matón de discoteca peligroso al que le han dado unos grilletes y una porra (nada más alejado de la realidad que ese estereotipo).

Por otra parte, y de manera incomprensible, aunque se preparen nuevas funciones para los que desempeñamos este trabajo, nuestros patronos ahondan en la línea de los recortes que ya hemos sufrido para modificar sustancialmente nuestras condiciones de trabajo, virando -como no podía ser de otra manera-, a peor.

Más responsabilidades y peores condiciones, pero… ¿qué está pasando? La respuesta la tenemos en los movimientos de las grandes empresas en esta fase del capitalismo que nos ha tocado vivir y que no es ajena a la actividad en otros sectores.

Por ejemplo, ayer viernes, unos 200 vigilantes coincidimos en la concentración de la Plaza de España de Palma con los trabajadores de una gran multinacional por todos conocida: Coca Cola.

Pues bien, parece que la coincidencia no ha sido sólo una cuestión de plazos legales para autorizar las manifestaciones. El destino ha querido que nos reuniéramos trabajadores que se encuentran en la misma situación: todos pertenecemos a empresas rentables y con beneficios que se plantean que, utilizando las armas que la reforma laboral les otorga, pueden ganar aún más, aunque eso signifique destruir tejido productivo y dañar a la estructura social. Y como es legal, lo piensan hacer. Simple y llanamente. porque pueden.

Es el rasgo característico del capitalismo de las corporaciones en el mundo global, en el que las personas no importan tanto como los balances. Un mundo de posibilidades de negocio si, además, existe un marco legal que facilita que por razones económicas (que ya hemos visto que no se dan), organizativas, productivas etc, se puedan tomar decisiones unilaterales que dejen a todos los trabajadores sin la seguridad jurídica de los marcos pactados.  No sólo es la “ley del más fuerte”: la reforma laboral permite que sea “la ley para el más fuerte”.

Las mentiras son alérgicas a la luz.

Ante la dura negociación que se nos va a plantear en los próximos días (todas lo son cuando las opciones en juego son lo malo y lo peor), nuestros representantes sindicales deben jugar la baza de indagar en dichos balances y contrastar los datos que llevan a la parte empresarial a afirmar que están perdiendo dinero. ¿Los servicios generan horas extras? ¿Han mantenido los precios a pesar de las congelaciones y rebajas sucesivas de salarios y derechos?...

Si se confirma que lo que existe es el deseo egoísta de maximizar beneficios dejando a miles de personas y familias en la estacada, hay que dirigirse a la sociedad (también compuesta por individuos y familias) para hacerles llegar el mensaje, en un momento tan duro como el que vivimos, de que estamos ante empresas socialmente irresponsables que atentan contra la vida en comunidad y renuncian a cumplir con su parte: “Empresas non gratas”.   

Quizá alguien pueda pensar que el sistema ya se encarga de que estas iniciativas no lleguen a ninguna parte porque, “total, con lo que se ahorran con los despidos, luego se montan una campaña de imagen y aún les sobra dinero”.

Sin embargo, se ha subestimado el potencial de los consumidores a la hora de organizarse para castigar con su elección estas acciones antisociales de las empresas.

La clave: Atacar la imagen de las empresas dañinas.

La imagen de una empresa tiene una importancia crucial en sus posibilidades de futuro y es ahí donde hay que concentrar los esfuerzos cuando su acción es dañina para el tejido social. Hazte esta pregunta: ¿Contratarías a una empresa que despide o precariza a tus familiares, amigos o conocidos a pesar de que ya tiene grandes beneficios, simplemente porque quiere ganar más a costa de hacerlo? Si tienes clara la respuesta ya sabes cuál es tu poder.

Desde luego, hoy día sobran medios para coordinarse y llevarlo a cabo. Desde la humildad del boca a boca hasta el potencial de las redes sociales, sin tener que pasar por medios de comunicación clásicos (financiados en parte por la publicidad de estas corporaciones).

Hasta los propios elementos de la imagen corporativa de las empresas pueden ser utilizados a nuestro favor con un poco de ingenio para que se vuelvan ácidamente contra ellas. Es lo que se denomina “estrategias de comunicación de guerrilla”. Preguntad al señor Google y os mostrará infinidad de imágenes y ejemplos prácticos.

Todo podría empezar con un simple Whatsapp y, con suerte, acabar tumbando al consejo de administración que tomó la decisión equivocada.


¡Adelante!, os animo a devolver el golpe. Sois un ejército en ciernes.

Brindaremos con PEPSI por las victorias que han de venir. 

Hoffman